14 de noviembre de 2019
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    Diario de una campaña (más).- Ahora, España está algo agobiada, parece

    MADRID, 13 Oct. (OTR/PRESS) -

    Como no podía ser de otra forma, los corrillos en la recepción en el Palacio de Oriente con motivo de la fiesta nacional ardían aún más que en los tres años anteriores. Nunca el cronista ha visto tanta alarma en algunas voces ni tanto agobio en algunas miradas de lo que podríamos llamar el 'establishment' congregado para celebrar una conmemoración cuyo significado algunos pretenden utilizar para ahondar en las 'dos Españas' (o más). Todo se configura para la tormenta perfecta, desde las reacciones --¿también en las sacrosantas encuestas?-- que pueda provocar la exhumación de Franco hasta las que, por supuesto, vaya a desencadenar la publicación de la sentencia, ya sin demasiadas sorpresas, contra los políticos catalanes culpables de pretender un golpe contra el Estado cuya exaltación tiene un hito cada doce de octubre.

    Yo diría que esto de sacar a pasear mediáticamente la momia de Franco, cuya memoria, llena de controversia, renace ahora, tiene para el PSOE más peligro que ventajas: ellos sabrán, que medidores avezados tienen para estas cosas. Pero lo cierto es que hoy todo es un riesgo para un gobernante en funciones en un país no sé si casi en funciones, pero, desde luego, paralizado en muchos aspectos. Porque, sin ir más lejos, de cómo sepa Pedro Sánchez gestionar los efectos que en las calles catalanas produzca esa sentencia, que no ha alcanzado los perfiles más rigurosos posibles, dependerá su victoria o su derrota.

    Porque la campaña, a partir de este lunes, se catalaniza por completo. Y la oposición a Sánchez tiene también que meditar muy mucho qué es lo que debe predicar ante la previsible tormenta desencadenada por distintas organizaciones afines al independentismo, desde el más moderado hasta el más extremista, ahora encarnado por ese Tsunami Democrátic que a saber qué clase de algaradas --vamos a llamarlo así, para no exagerar-- anda preparando. En la recepción del 'establishment' este sábado, donde cabrían, sin duda, más sensibilidades de las allí presentes, tampoco encontré mucho conocimiento de lo que vaya a ocurrir la próxima semana en Cataluña, donde, seamos realistas, se puede vislumbrar un caos.

    No creo que ni la aplicación del muy famoso, y poco analizado, artículo 155 --uno de los más ambiguos de nuestra Constitución--, ni el envío de aún más efectivos policiales -las reticencias entre el ministro del Interior y la Guardia Civil llegan en su peor momento, como no podía ser de otro modo_ sean las soluciones idóneas para resolver ese presumible caos. Pero estando, como está, en plena campaña electoral oficiosa, dudo mucho que Pedro Sánchez se atreva a ensayar pasos más arriesgados, y lo mismo sirva decir de la oposición. Así que no creo que podamos esperar recetas nuevas ni fórmulas milagrosas para enfrentar la locura de los fanáticos, a cuya cabeza está nada menos que el president de la Generalitat.

    Aunque, en todo caso, me temo mucho que ni Pedro Sánchez, ni Pablo Casado, ni Albert Rivera --ahora tan partidario de pactar con socialistas y 'populares'-- ni, desde luego Pablo Iglesias, o Errejón --que no ha abierto la boca sobre qué hacer en Cataluña--, o, claro, Abascal, con algunos de cuyos representantes pudimos los periodistas dialogar en la recepción real, tienen la menor idea de por dónde salir del atolladero catalán más allá de los parches convencionales. Y eso es, por supuesto, lo que genera ahora en España, en esta España en marcha hacia quién sabe dónde, en este más País pero qué país, ese desconcierto educado y sonriente palpable en las filas del 'establishment'.