Fernando Jáuregui.- Vox: ¡ya somos como Europa!

8 de diciembre de 2018

MADRID, 8 Dic. (OTR/PRESS) -

Menos mal. Ya somos como los europeos 'de verdad'. Con unos populistas a los que disgustan los inmigrantes (que, encima son de otro color, y hasta rezan a otro Dios), a los que les fastidia que las mujeres tomen el control de su propio cuerpo, que ponen objeciones a la Constitución y que hasta son elogiados por un ex dirigente del Ku Kux Klan, ya tenemos un partido bastante votado que se asemeja a los franceses de Le Pen, a los italianos de Salvini y hasta a los húngaros de Orban.

Ya somos tan salvajes como todos ellos. Ya no estamos solos, huérfanos de un partido que se sitúa nada lejos de las excentricidades de Trump con los medios de comunicación -y eso que a Santiago Abascal hay que reconocerle un esfuerzo de moderación en este campo, sabedor de que tiene que 'conquistarnos' a los periodistas, por los que siente una simpatía perfectamente descriptible: ninguna--. Y que se proclaman, para desesperación de los verdaderos liberales, 'neoliberales', signifique eso lo que signifique, que ya sabemos, al menos en francés, lo que significa: 'laissez faire, laissez passer'. Nada de que el Estado meta sus narices en los manejos de los poderosos.

Como en algunos aspectos me declaro volteriano, tengo que reproducir, tragándome el sapo, como si fuese propia, aquella frase de François-Marie Arouet, o sea, quien se acogería al seudónimo de Voltaire, que reza "yo, que aborrezco las ideas de usted, daría la vida para que siga defendiéndolas libremente". Por tanto, reconozco que hasta pelearía para que Abascal y sus tuiteros -que, como les ocurre a tantos otros, me hacen la vida imposible en las redes sociales cada vez que me escuchan en la radio o en las teles algo que no les gusta, lo cual es frecuente- sigan acogiéndose a esta libertad de expresión que no sé si ellos restringirían si pudiesen hacerlo.

No me importa la existencia de Vox, que es la hucha en la que se almacenan los excedentes de rencor de una parte de la población española ante la mala gestión de sus representantes actuales o pasados; lo que me preocupa es que los 'voxeros' acaparen los debates internos en partidos 'homologados' acerca de si deben o no contar con ellos para sus coaliciones en busca del poder, como, por poner un primer ejemplo, en Andalucía.

Me consta que la duda hamletiana sobre si se debe o no pactar con Vox ha dividido profundamente a los dirigentes del Partido Popular, y lo mismo, creo, a Ciudadanos. La debilidad de la derecha, y no su fuerza, radica en sus expectativas de poder llegar ahora al poder y en sus prisas por lograrlo como sea. Es decir, lo mismo que hizo Pedro Sánchez con algunos extraños, e indeseables, compañeros de cama: tomar La Moncloa casi por asalto, y no por las urnas.

Entiendo que Vox, que ya hemos dicho que tiene perfecto derecho a existir, y que quizá ni siquiera pueda confundirse, programas en mano, con una ultraderecha en toda regla, jamás debe participar en ningún gobierno, sea autonómico o incluso local, de mi país. Como tampoco me gustaría que lo hiciesen algunas formaciones de extrema izquierda que ahora, cuestionando las instituciones, interponen una enmienda a la totalidad de la Constitución. Ya he dicho alguna vez que de esta crisis, que se prolonga ya demasiado, solo saldremos con una coalición de centro-derecha o de centro-izquierda, o, mejor -y más imposible aún- con una gran coalición.

Pero, de la misma manera que me parece que incluso Pedro Sánchez empieza a ver que su alianza con el Podemos de Pablo Iglesias -con 'ese' Podemos, ojo-- ha sido un error, confío en que Pablo Casado -que ha dado, es verdad, un viraje de ciento ochenta grados en este asunto- y Albert Rivera, que se ha hecho un lío 'voxístico', entiendan que una alianza, aunque sea de conveniencias, con la formación de Abascal 'et alia', será una tremenda equivocación: muchos electores, que votan moderación y no estridencias, se alejarían de ellos.

Pero ninguna de estas catástrofes potenciales importa: ¡ya somos como los europeos más adelantados! Tanto, que incluso votamos -bueno, algunos, muchos más de lo que a mí me gustaría, votan-- a un partido que odia a Europa; ¿hay mayor incoherencia? Pues nada: sigamos la loca carrera hacia la caída del Imperio Romano, que los bárbaros ya están aquí.

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