22 de octubre de 2020
27 de septiembre de 2020

Siete días trepidantes.- ¿Por qué no ha cesado Sánchez al ministro Garzón?

MADRID, 27 Sep. (OTR/PRESS) -

Ha sido la que ahora concluye una semana dramática, pródiga en malas noticias, en acontecimientos que han desestabilizado aún más el ya precario equilibrio político. El enfrentamiento ha enterrado cualquier brote de consenso; los contagios por el virus, sobre todo en Madrid, cabalgan incontrolados en medio del caos; y un aroma a indisciplina asfixia al Gobierno y, de paso, al país en su conjunto. Así, de esta manera, resulta difícil pronosticar que se pueda seguir mucho tiempo.

Que desde el Ejecutivo, y desde los gobernantes de este desastre pandémico que es Madrid, se rompa la tenue luz de acuerdo al menos sanitario que se encendió el lunes con el encuentro Pedro Sánchez- Isabel Díaz Ayuso, es sintomático. Que desde el Gobierno, sea por miedo a lo que ocurra, sea por cálculo oportunista, se impida al jefe del Estado visitar una parte de ese Estado, agraviando de paso al poder judicial, como ocurrió el viernes en Barcelona, es algo bastante grave. Que, a cuenta de los flecos de este 'affaire', un ministro diga que el Rey 'maniobra' contra el Gobierno de coalición del PSOE y Unidas Podemos, es sencillamente inaudito.

Me quedo con esto último para remitirme al título de este comentario: me parece inexplicable que el presidente del Gobierno no haya cesado todavía a ese ministro que tan claramente se ha posicionado contra quien, constitucionalmente, ostenta la Jefatura del Estado, abriendo un nuevo boquete en las relaciones entre la Corona y el Ejecutivo.

Ese ministro, el titular de Consumo (y de las actividades de juego), Alberto Garzón, acusó al Rey de maniobrar, sic, contra el Gobierno y de mantener una postura inconstitucional. ¿La razón? Pues que, aparentemente, Felipe VI llamó para disculparse al presidente del Poder Judicial, Carlos Lesmes, por no haber podido acudir a la toma de despachos de los nuevos jueces en Barcelona. Una ausencia impuesta, aseguran, por el propio Gobierno, vaya usted a saber por qué razones, porque nadie nos las ha explicado.

El señor Garzón no tenía justificación ni títulos para lanzar su diatriba contra el Rey, más allá de la pretensión de cambiar la forma del Estado, y por tanto la Constitución, que cada día más parece urgir a Unidas Podemos. Una maniobra publicitaria, vaya, cuyo alcance no se calculó bien por el joven político del Partido Comunista. Dicha sea toda la verdad, este señor es mucho más pródigo, en su trayectoria ministerial, en meter la pata con sus declaraciones que en sorprender a la ciudadanía con aportaciones sustanciales desde su cargo. Un cargo, séame permitido decirlo, creado para dar hospedaje y calor a un socio necesario para que Sánchez pudiese resultar investido el pasado 7 de enero. Pero, por lo demás, perfectamente innecesario en un organigrama gubernamental, máxime cuando este debería estar orientado a la pelea contra el virus que mata a miles y deja sin trabajo a millones.

Si me extraña que Alberto Garzón siga hoy en el Gobierno de Pedro Sánchez es porque he de tomarlo como un ejemplo. El presidente está forzando la máquina hasta lo indecible para no hacer la crisis ministerial que la situación pide a gritos: tiene a ministros (y a vicepresidentes) enfrentados entre sí, hay al menos cuatro carteras perfectamente prescindibles (y 'ahorrables'), varios están por completo quemados y a alguno, casi nueve meses después de haber tomado posesión, la gente ni le conoce, mientras que a algún otro más valdría no conocerle por sus hechos y desechos. Sí, señor Castells, 'el mundo se acaba', como acaba usted, ministro ignoto de universidades, de proclamar. Hay un mundo, cincelado a trompicones, que debe acabarse, aunque usted no se refiera a él precisamente.

Junto a ellos, varios ministros serios, conscientes de dónde estamos, de que hay que arreglar las cañerías ahora y, si acaso, ya pensaremos en revoluciones de octubre pasado mañana, se afanan en su labor sin entender de maniobras de distracción, de juegos de imagen ni de pérdidas de tiempo. Ni tampoco de atentados contra la tan proclamada y traicionada unidad. Otro día nos ocuparemos de las responsabilidades desde 'el otro lado', pero hoy tocaba hablar del Gobierno. Y en mí crece la sensación de que el presidente del mismo va, como el barco nacional, a la deriva. Se hunde. Hay que tirar peso por la borda y Garzón era, lo digo sin la menor acritud personal, una buena ocasión para empezar a hacerlo. Bueno, otra oportunidad perdida de enderezar el rumbo. Y van...

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