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    Rafael Torres.- El dinero de nadie

    MADRID, 21 Nov. (OTR/PRESS) -

    La inventiva de los españoles, de algunos españoles, llegó al extremo de subvertir tan radicalmente el concepto de lo público que, de concebirse como lo perteneciente a todos, pasó a considerarse como lo que es de nadie. Así, algunos de aquellos españoles de genialidad indiscutible pero inversa y perversa, idearon en Andalucía un sistema para consagrar e institucionalizar el invento revolucionario que permitía la sobreacuñación de los recursos públicos, borrando de ellos toda alusión a su carácter de públicos precisamente, es decir, de todos, y, como de todos, sujetos a un minucioso examen y a un exhaustivo control.

    La fórmula alquímica para convertir el oro de todos en oro de nadie, y, en consecuencia, permitir que con él hiciera lo que quisiera el que lo pillara, fue, como todas las grandes fórmulas, de una sencillez apabullante: eliminación de todos los controles sobre su uso y su gasto. Así de fácil. No es que en España hubiera habido nunca demasiado celo en asegurar el recto uso de los bienes comunales, pero aun ese poco se antojó excesivo a los gobernantes regionales del Sur, de suerte que el dineral que se recibía del Estado para los ERE, prejubilaciones y empresas en apuros, pasó a una caja fuerte cuya combinación conocían ellos solos.

    Nunca una fórmula tan sencilla necesitó 1.700 folios para tratar de explicarla, pero la Administración de Justicia los ha necesitado, y nueve años de instrucción, para señalar sin margen de error sus fundamentos y a sus creadores. Queda por dilucidar, en las decenas de piezas separadas de ese monumental puzle, a quién, cuánto, cuándo, cómo y de mano de quién a quién exactamente fueron a parar los casi 700 millones de euros que los inventores ahora condenados repartieron tan alegre como opaca y arbitrariamente para, entre otras cosas, asegurarse la red clientelar que contribuyó a su permanencia en el poder de la Junta durante más de tres décadas.

    En un ambiente tan poco inclinado a favorecer la Ciencia como el nuestro, es comprensible que los genios, los inventores, se desalienten y abandonen. Los de los ERE, por el contrario, no se desalentaron y encontraron en la política el laboratorio ideal para su fantasía investigadora. En él lograron, bien que a costa del pueblo, de sus menguados recursos, la rara alquimia de convertir el dinero de todos en el de nadie.

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