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    Rafael Torres.- El tsunami vandálic

    MADRID, 17 Oct. (OTR/PRESS) -

    Ni "democràtic", ni "pacífic": vandálico. Tal es la naturaleza real de ese tsunami ideado por un ocioso Puigdemont en horas bajas, al que ya nadie escucha ni recibe en Europa, y tal es, vandálica, la expresión real del odio despojado de su celofán de palabrería gandhiana, que cursa en incendios, agresiones, linchamientos, sabotajes, estragos y destrucción de los bienes públicos, siendo el principal de éstos la concordia.

    Se echa de ver que a esos jóvenes enmascarados que devastan sus ciudades no se les educó en el orgullo de país, el que sea, sino en el odio a España, y el resultado, por ser españoles mal que les pese, no podía ser otro que el de acabar odiándose a sí mismos, como acredita su furia destructora de cuanto les pertenece, las calles, los trenes, las carreteras, los árboles, los aeropuertos, el mobiliario urbano, la convivencia.

    Algún día se evaluará el inmenso daño que el independentismo ha hecho, está haciendo y hará aún a Cataluña. El independentismo escapado de la legítima y respetable esfera de las aspiraciones y de las ideas, huido del discurso político racional, de la sumisión a las reglas democráticas del juego, e incluso de la conveniencia. Ese independentismo liderado, envenenado, por los herederos del gobierno regional más corrupto que haya existido, esos malos comediantes a los que Cataluña, en puridad, les importa una mierda.

    A la luz de las hogueras el mundo ha visto que no sólo ese tsunami es vandálico, sino también la doctrina que lo ha engendrado, una doctrina excluyente, supremacista, facciosa, violenta bajo su estomagante cursilería, anacrónica y cainita. A la luz de las hogueras, también o principalmente los independentistas utópicos y decentes han tenido que ver que así no se va a la Cataluña que anhelan, ordenada, ejemplar, culta y próspera, sino en dirección contraria, hacia el caos, la dictadura, la existencia cerril y la ruina. La luz de las hogueras ilumina la realidad que los farsantes que han mandado prenderlas se empeñan, ya inútilmente, en falsificar.

    Ni democrático, ni pacífico: vandálico. ¿En qué otra cosa podría convertirse fatalmente un proceso imposible y demencial?

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