20 de junio de 2019
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    ¿Son las ciudades lugares para niños?

    ¿Son las ciudades lugares para niños?
    SABADELL

    Ante la cuestión que plantea si las ciudades son lugares adecuados para los niños, hay que valorar diversos aspectos que van mucho más allá de los altos índices de contaminación que tienen las urbes o de la falta de seguridad en relación con municipios de menores dimensiones.

    Y es que si de algo carecen las ciudades, independientemente de su ubicación geográfica, es de espacios abiertos para que los más pequeños puedan divertirse libremente. Los adultos no siempre son conscientes de la importancia del juego para los niños, no como forma de distracción sino como proceso de desarrollo de la personalidad y aptitudes de cara al futuro.

    La importancia de jugar

    Las ciudades, cuanto más grandes, menos adecuadas son para el desarrollo infantil porque obstaculizan y limitan el juego, algo fundamental para el niño. Así lo afirma Rafael Sanz, exdirector de la Escuela de Educación Infantil del Ministerio de Economía y Hacienda y miembro de la Asociación Mundial de Educadores Infantiles.

    Que un niño juegue es importante para que desarrolle su autonomía, sus propios mecanismos de autoprotección, su imaginación y creatividad, además de sus habilidades de comunicación. “La estructura vertical de las viviendas de las ciudades hace difícil que los niños puedan tener una expansión e imposibilita la comunicación humana. En los pueblos o aldeas esto es mucho más fácil”, constata Sanz.

    Ciudades hostiles para niños

    Partimos de la base de que las ciudades están diseñadas para adultos, no para los más pequeños. A ello le sumamos que los espacios urbanísticos se alejan cada vez más de los parámetros que garantizan el equilibrio, el bienestar y la convivencia. Este es el eje de trabajo que ha seguido durante más de 25 años Francesco Tonucci, pedagogo italiano y responsable del proyecto ‘La ciudad de los niños’, donde refleja el entorno urbano ideal para la convivencia de los más pequeños.

    Para Tonucci, el primer paso reside en un cambio de mentalidad por el cual las personas deben considerarse más importantes que los coches; paralelamente los niños deben ganar peso ante las necesidades de los adultos. Su objetivo principal es que el niño pueda salir solo de casa sin temor a ser arrollado por un vehículo o atacado por un ladrón, que los niños “vuelvan a ser de todos”, haciendo alusión al antiguo concepto de solidaridad vecinal donde todos los que compartían un mismo espacio estaban pendientes de los más pequeños, fueran hijos de quienes fuesen.

    Además de la necesidad de crear espacios públicos destinados a los niños y de reducir la presencia de coches, otro elemento de importancia es contar con mayor cantidad de parques y espacios verdes donde se pueda jugar sin limitaciones. “Los niños necesitan entornos distintos, no ir siempre al mismo parque que, además, está delimitado por unas vallas que coartan la libertad de movimientos de los chiquillos”, apunta Rafael Sanz.

    Entornos verdes, niños inteligentes

    Cuando pensamos en los inconvenientes de las grandes ciudades, la contaminación es uno de los problemas recurrentes. Pero más allá de la necesidad de contar con espacios verdes para contrarrestar los índices de polución, lo cierto es que desenvolverse en un entorno natural ayuda al crecimiento y desarrollo de los niños.

    Según las conclusiones extraídas por Jordi Sunyer, investigador al frente del proyecto Breathellevado a cabo por el Instituto de Salud Global Barcelona (ISGlobal), las ciudades más verdes ayudan a tener una mayor capacidad cerebral. Estar en contacto con entornos naturales facilita el desarrollo cognitivo infantil y tener una mente más abierta para interpretar qué lo que pasa a nuestro alrededor. El estudio capitaneado por Sunyer apunta a que una exposición de larga duración en espacios verdes aumenta la capacidad de atención y de memoria de trabajo de los niños.

    Poniendo en duda a la gran ciudad

    Uno de los fenómenos sociales que se viene observando en los últimos años es el del “retorno al pueblo”. Muchas familias deciden abandonar las grandes ciudades y trasladarse a entornos rurales para disfrutar de una vida más tranquila, sana y alejada del estrés. “No hay un lugar mejor donde criar a mis hijos. Aquí se sienten libres y están mucho más seguros que corriendo por Barcelona. De hecho, allí no les dejaría ni jugar en la calle”, explica Amalia, madre de dos hijos quien desde hace unos años reside en un pueblo de montaña en Girona llamado Camprodón. Otros, sin embargo, ven en esta decisión una pérdida de oportunidades y de calidad de vida. ¿Cómo encontrar los servicios y comodidades de una zona urbana en el campo?

    Sin embargo, un informe de Unicef publicado hace seis años, ‘Estado Mundial de la Infancia 2012: Los niños en un mundo urbano’, desmonta la falsa creencia de que las ciudades cuentan con todo aquello necesario para vivir. El documento confirma que las urbes ofrecen muchas ventajas en cuanto a acceso a servicios básicos como educación, atención sanitaria y áreas de juego, pero a su vez señala que esto no es equitativo en todas las zonas de una misma ciudad y que las desigualdades de los barrios marginales afectan cada vez a más niños. “Un número creciente de niños que viven en asentamientos y barrios marginales están entre los más desfavorecidos y vulnerables del mundo, privados de los servicios más básicos y sin derecho a prosperar", afirmaba en su momento Anthony Lake, director ejecutivo de Unicef.

    Y los niños, ¿qué piensan?

    Visto desde diversos ángulos, parece evidente que las ciudades, planteadas con el modelo actual, no son el lugar idóneo para el crecimiento de los niños. El Observatorio de la Infancia de Andalucía propone, al igual que Francesco Tonucci, que sean ellos mismos quienes diseñen sus entornos urbanos ideales. Según la institución andaluza, existe “la necesidad de que los niños interactúen con el medio público, se integren y desenvuelvan solos y tengan participación política”, algo similar a lo que plantea el psicólogo italiano en su conocida obra ‘La ciudad de los niños’. Una posición a la que también se suma Rafael Sanz planteando la siguiente cuestión: “Si los niños pudieran decidir, ¿qué elegirían?”. Una pregunta a la que, desde luego, las ciudades actuales no contemplan dar respuesta... por ahora.


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