30 de octubre de 2020
10 de mayo de 2020

Prepararse para la COVID-19 en el campo de refugiados más grande del mundo

MSF repasa los múltiples desafíos que supone tanto la respuesta contra la pandemia como las condiciones en que viven los refugiados

  • Prepararse para la COVID-19 en el campo de refugiados más grande del mundo
Una refugiada rohingya en BangladeshMSF/ANNA SURINYACH - ARCHIVO

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DACA, 10 May. (Por Paul Brockmann, representante de Médicos sin Fronteras (MSF) - en Bangladesh)

Llevar a cabo actividades médicas en el campo de refugiados más grande del mundo, que alberga a casi un millón de personas, es ya de por sí desafiante en el mejor de los casos. Mantener estas actividades en medio de la mayor crisis de salud global de nuestro tiempo es poco menos que un esfuerzo herculino.

En Médicos Sin Fronteras hemos ampliado rápidamente nuestras instalaciones para responder a la COVID-19 en Bangladesh, con camas de aislamiento disponibles en nuestros proyectos en el distrito de Cox's Bazar. Hemos entrenado al personal: desde medidas básicas de control y prevención de infecciones hasta protocolos para el manejo de pacientes con COVID-19.

Sin embargo, una respuesta médica efectiva contra la COVID-19 requiere más que camas de aislamiento. Necesitamos suficiente personal y suministros médicos para poder protegerlos y tratar a los pacientes, para garantizar la continuidad de la atención al resto de pacientes y para garantizar la participación y confianza de la comunidad.

EN MEDIO DE RUMORES, MENOS PACIENTES

Uno de los impactos inmediatos de la pandemia ha sido la erosión de la confianza. Los habitantes de Bangladesh y los rohingyas están comprensiblemente asustados. Los rumores y la información errónea son frecuentes, y esto pone en peligro el acceso de las personas a la atención. Por desgracia, un rumor ampliamente extendido entre los refugiados rohingyas es que si se descubre que tienen COVID-19 serán apartados de sus familias y asesinados.

Estos temores mantienen a las personas que necesitan tratamiento esencial (no de COVID-19) lejos de las clínicas. En las últimas semanas, hemos visto un marcado descenso en el número de pacientes. Nuestras instalaciones se han vaciado. Estamos recibiendo la mitad de pacientes que en tiempos normales.

Rohingyas

Antes de que irrumpiese la COVID-19, nuestro hospital de Kutupalong normalmente atendía a entre 80 y 100 pacientes por día para vendajes de heridas. Muchas de estas personas tienen heridas crónicas que necesitan limpieza y vendaje cada dos o tres días para evitar infecciones. En la actualidad, solo atendemos a unos 30 pacientes de este tipo por día. Sin tratamiento, es probable que los apósitos se empapen y ensucien, lo que puede provocar sepsis e incluso la muerte.

PARTICIPACIÓN COMUNITARIA Y EMPODERAMIENTO

Las lecciones de otros brotes nos han enseñado que es crucial involucrar y educar a las comunidades para garantizar que comprendan y se sientan capacitados para protegerse, abordar los rumores y reducir los temores.

MSF cuenta con amplios equipos de promoción de la salud, que trabajan con sus comunidades compartiendo consejos sobre cómo mantenerse a salvo y prevenir la COVID-19 y otros problemas de salud. Para evitar reunir grandes grupos, hemos tenido que ser creativos a la hora de compartir estos mensajes: nuestros equipos van de casa en casa, hablando con las familias.

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Dadas las restricciones de acceso a internet, hemos realizado videos cortos para que la gente los comparta a través de Bluetooth. También estamos hablando con líderes comunitarios y religiosos influyentes, para intentar que nuestros mensajes se compartan con el boca a boca. Además, estamos organizando recorridos por nuestras instalaciones de aislamiento para intentar generar confianza a través de la proximidad.

Muchos de los consejos de salud mundiales para la COVID-19 son prácticamente imposibles de aplicar en los campamentos rohingyas. Las medidas de distanciamiento físico no son realistas; la gente vive en refugios superpoblados y endebles, con hasta una docena de personas por habitación.

Los servicios básicos, como los puntos de agua potable, las letrinas, la distribución de alimentos y combustible son comunales, lo que significa que las personas deben hacer cola para acceder a una fuente de agua o esperar en grupos grandes para acceder a las distribuciones. Las personas en los campamentos se sienten frustradas con el consejo constante de lavarse las manos cuando apenas tienen suficiente agua para beber y cocinar.

LAS RESTRICCIONES DE MOVIMIENTO TIENEN UN COSTO

Aunque algunas restricciones para minimizar el movimiento son necesarias para limitar la propagación de la COVID-19, también están afectando el acceso al sistema de salud en Cox's Bazar. Las restricciones de viaje significan que es mucho más difícil para los pacientes con enfermedades "invisibles" demostrar que están enfermos y viajar a las instalaciones.

Los pacientes que viven con trastornos psiquiátricos, VIH o enfermedades no transmisibles como la diabetes necesitan medicación frecuente. Pueden parecer saludables pero afrontan serios riesgos si se interrumpe su tratamiento médico.

Encontrar transporte para acceder a las instalaciones de salud es un desafío enorme. Una paciente llegó recientemente a uno de nuestros hospitales llorando. Tenía miedo de que la rechazaran. Le había costado cinco días organizar el transporte, y tuvo que viajar en varios tuk-tuks (motocarros) durante aproximadamente cinco horas hasta llegar.

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Estas restricciones también afectan a nuestro personal. En las últimas semanas, MSF ha puesto en marcha una flota de autobuses en Cox's Bazar, para trasladar hasta los hospitales y clínicas a cientos de empleados que viven lejos de sus hogares, un ejercicio logístico diario enorme que consume mucho tiempo. Y aunque los bangladesíes nutren el grueso de nuestro personal, las restricciones de viaje a Bangladesh significan que un tercio de nuestro personal extranjero destinado a esta crisis está atrapado actualmente fuera del país.

RIESGOS PARA EL PERSONAL SANITARIO

El personal de salud tiene un mayor riesgo de contraer la COVID-19 y debe sentirse seguro y protegido a la hora de hacer su trabajo. En todo el mundo, hemos sido testigos de muestras inspiradoras de solidaridad con los trabajadores situados en primera línea; pero también vemos que el miedo genera un comportamiento estigmatizador y cruel.

Parte de nuestro personal ha recibido abusos verbales o amenazas por parte de comunidades temerosas de la COVID-19. Otros se han enfrentado a desalojos por parte de propietarios que no están dispuestos a alquilar viviendas a personal en primera línea.

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En última instancia, nuestra capacidad para responder en esta crisis está limitada por la disponibilidad de equipos de protección individual esenciales (EPI, como máscaras, batas, gafas y guantes), así como suministros médicos tales como oxígeno concentrado. Tenemos estrictos estándares para garantizar que nuestro personal esté protegido. Sin embargo, la escasez mundial de equipos de protección es una grave preocupación, también en Bangladesh.