15 de octubre de 2019
10 de julio de 2014

Stefano Argenziano, coordinador de MSF en RCA: "Parece que no hay fin a los sufrimientos de los centroafricanos"

  • Stefano Argenziano, coordinador de MSF en RCA: "Parece que no hay fin a los sufrimientos de los centroafricanos"
MSF

MADRID, 10 Jul. (EUROPA PRESS) -

La crisis en la República Centroafricana (RCA) vive su segundo año desde el golpe de estado en marzo de 2013. Si bien la naturaleza de la violencia puede haber cambiado y los frentes se han desplazado, los combates continúan. Los civiles se llevan la peor parte de estos enfrentamientos entre las cada vez más fragmentadas milicias 'antibalaka', predominantemente cristianas, y los grupos rebeldes de los antiguos Séléka, principalmente musulmanes, y de los elementos criminales que actúan con impunidad.

Aunque las fuerzas internacionales sobre el terreno están creciendo en número, todavía no son capaces de proteger a la población civil, una población vulnerable a la violencia, al desplazamiento masivo, el hambre y las enfermedades. Según los últimos datos de la ONU, en el país, de unos 4,6 millones de habitantes, hay 535.000 desplazados, más de 110.00 de ellos en Bangui, la capital, y unos 2,6 millones de personas necesitan asistencia.

Stefano Argenziano, coordinador general de Médicos Sin Fronteras (MSF) en República Centroafricana acaba de regresar del país.

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¿Cómo era la situación en la República Centroafricana cuando llegaste al país en marzo?

En esos momentos, el país vivía una época convulsa para la población musulmana del país, que se desplazó desde de Bangui y de localidades como Bossangoa, en la que trabajamos, a otros lugares dentro y fuera del país. Los ataques entre las milicias cristianas y musulmanas eran frecuentes, y las poblaciones sitiadas en enclaves no podían moverse fuera de las zonas de seguridad. Nuestros equipos solían facilitar atención médica en el PK12, un enclave musulmán muy frágil en Bangui, y considerábamos un día normal cuando no se lanzaban más de dos granadas a la zona. La reubicación de las personas para proporcionarles una relativa seguridad resultó, en muchos casos, la única solución viable, pero en realidad supuso un fracaso de los que tenían el mandato de proteger a esa población.

¿Cuál fue el impacto del ataque al hospital de Boguila el 26 de abril en el que fueron asesinados 19 líderes comunitarios y tres trabajadores humanitarios de MSF?

Cuando, a principios de abril, visité la zona por primera vez la población de Boguila había estado cada vez más expuesta a los ataques violentos por parte de grupos locales autoproclamados rebeldes y de los grupos ex Séléka más organizados procedentes del este. La población desarrolló tal temor que, cada vez que se percibía riesgo o que se producían disparos de advertencia por parte de grupos armados, huía automáticamente a donde consideraban que era un lugar seguro: el monte o los terrenos del hospital de MSF. Así que lo que se consideraba un lugar seguro, un centro de salud con un logotipo de MSF, se convirtió en un lugar donde se cometió una masacre.

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La población de Boguila y MSF quedaron muy conmocionados por los asesinatos. Nuestro personal expresó un amplio abanico de emociones, del dolor a la rabia. En Boguila, la gente entendió nuestra decisión de suspender las actividades médicas en señal de protesta y para exigir condenas firmes por parte del Gobierno interino y de líderes de los grupos armados. Muchos de ellos denunciaron los ataques, pero Boguila todavía no es segura. Aunque el hospital permanece cerrado hemos reanudado algunas actividades médicas así que, al menos, podemos tratar las amenazas más mortales para los niños menores de 5 años, como la malaria, las infecciones de las vías respiratorias y las enfermedades diarreicas en los puestos de salud.

¿Por qué empezó MSF a tratar a la población en el nuevo frente de batalla de Grimari y Bambari?

Desde abril, se ha formado una nueva línea de frente en torno a Grimari y Bambari, localidades separadas por unos 80 kilómetros, ubicadas en la zona central de RCA y que sirven como puerta de entrada hacia el este y a sus recursos naturales. Además de población musulmana y cristiana, también existe una alta concentración de combatientes 'antibalaka' y ex Séléka y la presencia de tropas internacionales de la Unión Africana y de las fuerzas francesas de la 'Operación Sangaris'.

El mes pasado una serie de aldeas de los alrededores Grimari y Bambari fueron hechas cenizas y miles de personas resultaron desplazadas. En Bambari, combates recientes provocaron que más de 20.000 personas se convirtieran en desplazados dentro de su propio pueblo, incluyendo parte de la comunidad musulmana previamente evacuada del enclave PK12 en la capital, Bangui. Este desplazamiento forzoso, que ha modificado la geografía demográfica del país tendrá implicaciones en los años venideros.

Las personas que se esconden en la selva carecerían de toda la ayuda si no fuera por nuestra intervención allí. Tenemos clínicas móviles que se desplazan durante seis horas cada día para facilitar tratamiento a niños con riesgo de malaria y heridos de guerra. Hemos puesto en marcha un sistema de ambulancias rurales para los heridos en el que, en las carreteras en mal estado, empleamos motocicletas. Aunque podemos negociar nuestro acceso a través de los puntos de control de las dos partes en conflicto, esto todavía no representa una garantía para la seguridad de nuestros equipos ni para los pacientes que tratamos de trasladar y el hecho de quedar atrapados en el fuego cruzado es una preocupación constante.

¿Cuáles son los mayores retos para la población de República Centroafricana en estos momentos?

RCA lleva años en una situación de crisis. Lo que resulta estremecedor es que lo que comenzó en el año 2013 es el deterioro de una situación que ya era terrible. Después de haber trabajado en la República Centroafricana en tres ocasiones desde 2006, parece que no hay fin a los sufrimientos de los centroafricanos. Pero entonces me vienen a la mente nuestros pacientes. La última vez que estuve en Grimari, trasladamos a un hombre a un hospital de Bangui. Tenía una herida de machete en el cuello y se estaba muriendo, con él venían su esposa y su hijo de seis meses. Tres semanas más tarde lo vi en el hospital, sonriendo, le habían dado de alta. Estas son las historias humanas que marcan la diferencia.