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    Rafael Torres.- Aquellos palos, estos lodos

    MADRID, 5 Mar. (OTR/PRESS) -

    El contenido de la deposición en el Supremo del número dos de Interior en la infausta fecha del 1 de octubre de 2017, José Antonio Nieto, no ha revelado nada que no se supiera, pues todos asistimos a aquél derrumbe de la convivencia en Cataluña, pero sí subrayó, sin pretenderlo, la infinita torpeza, malicia y brutalidad de los políticos que, a un lado y al otro de las falsas urnas, escribieron aquella página negra, incluido, como es lógico, el deponente.

    Torpeza, tanta como frivolidad, en la turba de fanatizados líderes independentistas que, indiferentes a la suerte que pudieran correr las personas inducidas a participar en una votación amañada y grotesca, ilegal por tanto, las excitaron a perseverar en ello llevándose las bofetadas, y torpeza, tanta como rusticidad e impericia, en las autoridades comisionadas por la Justicia para neutralizar aquella farsa que, no obstante, era percibida y asumida por centenares de miles de personas como una liturgia emancipadora, prólogo de la, para ellos, Cataluña arcádica, libre y feliz. Los palos a la gente, las patadas, las agresiones a los policías nacionales y a los guardias civiles, la traición de los Mossos, las sirenas, el humo y los tumultos enturbiando la atmósfera, fue lo que quedó para la historia que los políticos incapaces escribieron, para vergüenza de todos, aquél día, y que ahora la Sala del Tribunal Supremo intenta recomponer para deducir de semejante diorama penas y castigos.

    La pena y el castigo, sin embargo, ya los recibió la ciudadanía española en su conjunto, incluida como es natural la catalana, al asistir a aquél espectáculo bochornoso, y al ser partícipe, en una u otra medida, de él. Del "a por ellos" al "votarem", de la autodestrucción de la Generalitat y su Parlament a manos de sus propios responsables al hacinamiento de los guardias en cruceros inmundos, de la cantada deslealtad de los Mossos al asedio de los hoteles donde se alojaban los servidores del orden por parte de chusmas enfurecidas, de la mentira y la mixtificación brotando a chorros de los relatos oficiales de unos y otros, todo fue un sindiós del que emergió lo peor de todos.

    De aquellos palos, cuya culpa cabe tanto atribuir a los facciosos de la "desconexión" porque les daba la gana como a los botarates que diseñaron y ordenaron la desatentada represión de los votantes de aquél referéndum de pega, de juguete, no dejan de anegarnos éstos lodos de un arreglo cada vez más improbable de la cuestión, pues se adensan más y más, solidificándose, en el desencuentro total.